Y llegamos- al Ăºltimo dĂa del año, al Ăºltimo momento del año. No todos los que comenzaron este año han podido terminarlo.
De los que lo terminan no todos lo terminan con la felicidad y con la salud con las que nosotros tal vez lo terminamos.
Indudablemente, esto nos debe mover a un acto de gratitud a Dios, que nos ha concedido otro año mĂ¡s.
En estos 365 dĂas del año hemos vivido mĂ¡s de 8.000 horas, y mĂ¡s de medio millĂ³n de minutos; ¿podremos afirmar con verdad, delante de Dios y de nuestra conciencia, que todas esas horas y todos esos minutos han sido vividos con rectitud, buscando el bien y la verdad?
¿No habremos perdido lamentablemente algunos de esos minutos en actos indignos que nos han rebajado, en violencias, en odios, en torcidas intenciones, en actos de pereza, de soberbia, de sensualidad, en egoĂsmos repugnantes?
No estarĂ¡ mal que, al terminar este año, nos arrepintamos con sinceridad en nuestro interior de todo lo malo que hayamos hecho a lo largo de Ă©l y de todo lo bueno que hayamos dejado de hacer.
Porque si es muy bueno no hacer el mal, es muy malo no hacer el bien; para ser malo, basta no ser bueno; para ser bueno, no basta el no ser malo.
“De la tierra creĂ³ el Señor al hombre, y de nuevo le hizo volver a ella; dĂas contados le dio y tiempo fijo” (Ecli, 17,1-2).
Cada uno de los dĂas del año que ha pasado ha sido una responsabilidad para nosotros: ¿lo habremos hecho fructificar? ¿lo habremos dejado perder? Un año mĂ¡s que hemos vivido; un año mĂ¡s del que deberemos dar cuenta; un año menos que nos resta de vida; un año menos de tiempo en el que podamos hacer mĂ©rito para la eternidad.
“Mientras tengamos oportunidad (o tiempo) hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gal. 6, 10).
De los que lo terminan no todos lo terminan con la felicidad y con la salud con las que nosotros tal vez lo terminamos.
Indudablemente, esto nos debe mover a un acto de gratitud a Dios, que nos ha concedido otro año mĂ¡s.
En estos 365 dĂas del año hemos vivido mĂ¡s de 8.000 horas, y mĂ¡s de medio millĂ³n de minutos; ¿podremos afirmar con verdad, delante de Dios y de nuestra conciencia, que todas esas horas y todos esos minutos han sido vividos con rectitud, buscando el bien y la verdad?
¿No habremos perdido lamentablemente algunos de esos minutos en actos indignos que nos han rebajado, en violencias, en odios, en torcidas intenciones, en actos de pereza, de soberbia, de sensualidad, en egoĂsmos repugnantes?
No estarĂ¡ mal que, al terminar este año, nos arrepintamos con sinceridad en nuestro interior de todo lo malo que hayamos hecho a lo largo de Ă©l y de todo lo bueno que hayamos dejado de hacer.
Porque si es muy bueno no hacer el mal, es muy malo no hacer el bien; para ser malo, basta no ser bueno; para ser bueno, no basta el no ser malo.
“De la tierra creĂ³ el Señor al hombre, y de nuevo le hizo volver a ella; dĂas contados le dio y tiempo fijo” (Ecli, 17,1-2).
Cada uno de los dĂas del año que ha pasado ha sido una responsabilidad para nosotros: ¿lo habremos hecho fructificar? ¿lo habremos dejado perder? Un año mĂ¡s que hemos vivido; un año mĂ¡s del que deberemos dar cuenta; un año menos que nos resta de vida; un año menos de tiempo en el que podamos hacer mĂ©rito para la eternidad.
“Mientras tengamos oportunidad (o tiempo) hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gal. 6, 10).



















