Origen de los edificios para el culto cristiano
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Los misterios cristianos no están ligados a un lugar determinado, como ocurría por ejemplo en el culto judío del templo de Jerusalén. Los sacramentos pueden ser administrados en cualquier sitio, e incluso la misa puede, llegado el caso, ser celebrada en la habitación de una casa particular o en un barco o al aire libre. Ésta era la razón de que, a los ojos de los gentiles, los cristianos fueran athei. No hemos de traducir esta palabra por «ateos», como si los gentiles quisieran decir que los cristianos no creían en ningún dios, sino por «sin culto». Arnobio escribe hacia el año 300: «Ante todo nos acusáis de impiedad, porque ni edificamos templos ni erigimos imágenes divinas ni disponemos altares.» Cuando Arnobio decía esto, hacía ya mucho tiempo que había basílicas cristianas por doquier.
El templo pagano jamás fue lugar de reunión de una comunidad. Los cristianos necesitaban, desde el principio, locales en los que pudieran reunirse los creyentes. De momento se utilizaron casas particulares. Es natural que, en una misma casa, se usara siempre la misma habitación, y que pronto apareciera ésta equipada de los utensilios apropiados, como atriles y barandas para el coro, sin que arquitectónicamente podamos precisar cuándo el local dejó de ser una «habitación» y empezó a ser una «iglesia». Un cuarto o una casa semejante podía ser luego reformada y pro-vista de columnas y arcadas, de modo que aun exteriormente pudiera ser identificada como iglesia. En Roma tenemos varios ejemplos de basílicas surgidas de la reconstrucción de casas particulares, reformadas en diversos períodos, como San Clemente, San Martín de los Montes, Santos Juan y Pablo.
Pero al mismo tiempo se erigían edificios expresamente destinados a servir de lugares de culto. Todo esto nada tiene que ver con las persecuciones; no hay que pensar, pongamos por caso, que durante las persecuciones los cristianos se hubieran refugiado en casas particulares y sólo hubieran empezado a construir basílicas después del 313. Eusebio atestigua que en la segunda mitad del siglo III en muchas ciudades se edificaron basílicas de nueva planta. En Dura Europos (Mesopotamia) se ha excavado una basílica cristiana, muy pequeña por lo demás, que fue construida antes del 230. Por otra parte, se sabe de viviendas que fueron transformadas en iglesias aun mucho después del 313.
Muchos gustan de imaginarse que, durante las persecuciones, los cristianos se reunían en las catacumbas para celebrar allí sus oficios divinos. La «misa en las catacumbas» es, en efecto, una de las piezas principales de la antihistórica imagen de los primitivos tiempos de los mártires que una especie de romanticismo cristiano se ha complacido en crear.
La práctica de los cementerios subterráneos no era general ni mucho menos. Es difícil imaginar un lugar menos adecuado como local de reunión que las catacumbas romanas. Apenas hay en ellas un espacio donde puedan apretujarse un centenar de personas. La seguridad en las catacumbas no era mayor, antes bien, menor, que en las iglesias urbanas. Los cementerios eran conocidos del público y de la policía, lo cual no era siempre el caso con los lugares de culto establecidos en casas particulares. Aparte de esto, la antigüedad no nos ha transmitido una sola noticia fidedigna de la celebración de una misa en las catacumbas, mientras que abundan los datos referentes a las iglesias de la ciudad. Sólo en el siglo IV, cuando se levantaron las basílicas cementeriales, Santa Inés, San Lorenzo y otras, se celebró en ellas regularmente el culto divino, pero no bajo tierra. Es, sin embargo, posible que el oficio de difuntos, con inclusión de la misa, fuera celebrado en la proximidad del sepulcro, y por tanto también bajo tierra, aunque no tenemos de ello ningún indicio fidedigno.
El templo pagano jamás fue lugar de reunión de una comunidad. Los cristianos necesitaban, desde el principio, locales en los que pudieran reunirse los creyentes. De momento se utilizaron casas particulares. Es natural que, en una misma casa, se usara siempre la misma habitación, y que pronto apareciera ésta equipada de los utensilios apropiados, como atriles y barandas para el coro, sin que arquitectónicamente podamos precisar cuándo el local dejó de ser una «habitación» y empezó a ser una «iglesia». Un cuarto o una casa semejante podía ser luego reformada y pro-vista de columnas y arcadas, de modo que aun exteriormente pudiera ser identificada como iglesia. En Roma tenemos varios ejemplos de basílicas surgidas de la reconstrucción de casas particulares, reformadas en diversos períodos, como San Clemente, San Martín de los Montes, Santos Juan y Pablo.
Pero al mismo tiempo se erigían edificios expresamente destinados a servir de lugares de culto. Todo esto nada tiene que ver con las persecuciones; no hay que pensar, pongamos por caso, que durante las persecuciones los cristianos se hubieran refugiado en casas particulares y sólo hubieran empezado a construir basílicas después del 313. Eusebio atestigua que en la segunda mitad del siglo III en muchas ciudades se edificaron basílicas de nueva planta. En Dura Europos (Mesopotamia) se ha excavado una basílica cristiana, muy pequeña por lo demás, que fue construida antes del 230. Por otra parte, se sabe de viviendas que fueron transformadas en iglesias aun mucho después del 313.
Muchos gustan de imaginarse que, durante las persecuciones, los cristianos se reunían en las catacumbas para celebrar allí sus oficios divinos. La «misa en las catacumbas» es, en efecto, una de las piezas principales de la antihistórica imagen de los primitivos tiempos de los mártires que una especie de romanticismo cristiano se ha complacido en crear.
La práctica de los cementerios subterráneos no era general ni mucho menos. Es difícil imaginar un lugar menos adecuado como local de reunión que las catacumbas romanas. Apenas hay en ellas un espacio donde puedan apretujarse un centenar de personas. La seguridad en las catacumbas no era mayor, antes bien, menor, que en las iglesias urbanas. Los cementerios eran conocidos del público y de la policía, lo cual no era siempre el caso con los lugares de culto establecidos en casas particulares. Aparte de esto, la antigüedad no nos ha transmitido una sola noticia fidedigna de la celebración de una misa en las catacumbas, mientras que abundan los datos referentes a las iglesias de la ciudad. Sólo en el siglo IV, cuando se levantaron las basílicas cementeriales, Santa Inés, San Lorenzo y otras, se celebró en ellas regularmente el culto divino, pero no bajo tierra. Es, sin embargo, posible que el oficio de difuntos, con inclusión de la misa, fuera celebrado en la proximidad del sepulcro, y por tanto también bajo tierra, aunque no tenemos de ello ningún indicio fidedigno.
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