Un minuto con Dios

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“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos”.

Es la pri­mera bienaventuranza, que Cristo proclamó en el ser­món de la montaña.

Pobre de espíritu es el sencillo, el humilde, el que no se paga de sí mismo, el que está convencido de que depende de los demás, de que él solo no puede enfren­tar la vida, que necesita de los otros; por eso es pobre, porque no tiene en sí cuanto necesita, sino que lo espe­ra de los demás.

El orgulloso piensa que él y sólo él se satisface, se basta y se sobra; por eso es rico: se tiene a sí mismo.

Pero solamente al pobre de espíritu, al que tiene alma de pobre o es pobre de espíritu se le promete el Reino de los cielos; el orgulloso conquistará a los hom­bres; el humilde conquista a Dios; el orgulloso será dueño de la tierra y sus riquezas; el humilde tendrá como herencia el cielo y sus bienes.

¿Qué prefieres?

“No está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres el Dios de los humildes, el de­fensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados” (Judit, 9, 11).

Nunca es más grande el hombre, que de rodi­llas; no dudes en doblarlas ante tu Dios.

En tus rodi­llas está tu fuerza y la debilidad de Dios.

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