Nos resulta difĂcil admitir a los otros tal como ellos son; siempre tratamos de corregirlos, de hacerlos como somos nosotros.
Pero, ¿con quĂ© derecho pretendemos anular su personalidad, hacerlos de distinta forma de como los hizo Dios?
Por otra parte, si nosotros pretendemos cambiarlos, para que sean como nosotros, es porque subconscientemente estamos convencidos de que nosotros somos como hay que ser, que nuestra forma de ser es la mejor de todas; por eso quisiĂ©ramos que los demĂ¡s fueran como nosotros.
Y tener ese convencimiento es evidentemente un orgullo desmedido.
Cada uno tiene su personalidad y todos debemos respetar la personalidad de los demĂ¡s; reconocer que ellos tienen derecho a ser distintos de nosotros y a pensar que la forma de ser de ellos es mejor que la nuestra.
En conclusiĂ³n: hay que aceptar a los demĂ¡s tal como son y sin pretender cambiarlos a nuestro gusto.
“Vosotros sois mis testigos y mis siervos, a quienes elegĂ, para que se me conozca y se me crea por mi mismo y se entienda que Yo soy” (Is, 43, 10)
Sublime la misiĂ³n que Dios te ha confiado: ser su testigo y ser su pregonero: ser su apĂ³stol.
Pero, ¿con quĂ© derecho pretendemos anular su personalidad, hacerlos de distinta forma de como los hizo Dios?
Por otra parte, si nosotros pretendemos cambiarlos, para que sean como nosotros, es porque subconscientemente estamos convencidos de que nosotros somos como hay que ser, que nuestra forma de ser es la mejor de todas; por eso quisiĂ©ramos que los demĂ¡s fueran como nosotros.
Y tener ese convencimiento es evidentemente un orgullo desmedido.
Cada uno tiene su personalidad y todos debemos respetar la personalidad de los demĂ¡s; reconocer que ellos tienen derecho a ser distintos de nosotros y a pensar que la forma de ser de ellos es mejor que la nuestra.
En conclusiĂ³n: hay que aceptar a los demĂ¡s tal como son y sin pretender cambiarlos a nuestro gusto.
“Vosotros sois mis testigos y mis siervos, a quienes elegĂ, para que se me conozca y se me crea por mi mismo y se entienda que Yo soy” (Is, 43, 10)
Sublime la misiĂ³n que Dios te ha confiado: ser su testigo y ser su pregonero: ser su apĂ³stol.

