Testigo es el que testifica, el que testimonia, el que da fe de algo o de alguien; ser testigo es afirmar la veracidad y la rectitud de algo o de alguien, es exponer y comprometer la propia palabra y la propia vida por defender a esa persona o a esa posiciĂ³n.
Todos debemos ser testigos de la verdad y del bien; en todas partes debemos dar testimonio de la verdad y del bien, defenderlos aun a costa de nuestra personalidad, debemos comprometer nuestra rectitud y toda nuestra vida; eso serĂ¡ ser testigo.
Siendo testigos, estaremos dispuestos a sacar siempre la cara por la verdad y por el bien; aunque ello suponga para nosotros ciertas incomodidades, la pĂ©rdida de ciertas posiciones o conveniencias, ya que por encima de todo eso, que es nuestro, debemos’ ubicar la bondad y la verdad.
Debemos pues, ser testigos de la verdad y del bien, pero como Cristo ha dicho que El es la Verdad y el Bien, debemos ser testigos de Cristo; y eso con todas las consecuencias que antes hemos mencionado.
“RecibirĂ©is la fuerza del EspĂritu Santo, que vendrĂ¡ sobre vosotros y serĂ©is mis testigos en JerusalĂ©n, en toda Judea y SamarĂa y hasta los confines de la tierra” (Hechos, 1, 8).
No puede haber ningĂºn lugar donde el discĂpulo de Cristo no se sienta “testigo del Señor”, con su voz y con su vida, con su palabra y su testimonio.
Todos debemos ser testigos de la verdad y del bien; en todas partes debemos dar testimonio de la verdad y del bien, defenderlos aun a costa de nuestra personalidad, debemos comprometer nuestra rectitud y toda nuestra vida; eso serĂ¡ ser testigo.
Siendo testigos, estaremos dispuestos a sacar siempre la cara por la verdad y por el bien; aunque ello suponga para nosotros ciertas incomodidades, la pĂ©rdida de ciertas posiciones o conveniencias, ya que por encima de todo eso, que es nuestro, debemos’ ubicar la bondad y la verdad.
Debemos pues, ser testigos de la verdad y del bien, pero como Cristo ha dicho que El es la Verdad y el Bien, debemos ser testigos de Cristo; y eso con todas las consecuencias que antes hemos mencionado.
“RecibirĂ©is la fuerza del EspĂritu Santo, que vendrĂ¡ sobre vosotros y serĂ©is mis testigos en JerusalĂ©n, en toda Judea y SamarĂa y hasta los confines de la tierra” (Hechos, 1, 8).
No puede haber ningĂºn lugar donde el discĂpulo de Cristo no se sienta “testigo del Señor”, con su voz y con su vida, con su palabra y su testimonio.

