Es incomprensible la antinomia que vive el mundo de hoy: nunca se
sintiĂ³ tan uno, nunca latiĂ³ tan fuertemente el sentido comunitario y,
sin embargo, nunca se vivieron tantos antis: anti esto, anti aquello,
antinazi, antiyanqĂ¼i, anti… en vez de dar lugar a los pro: pro-humano,
pro-nacional, pro-…
No estarĂ¡ bien desconocer o subestimar los valores de la tierra o de la patria de cada uno, pero sĂ estarĂ¡ mal cerrarse de tal forma a todo lo demĂ¡s que se nos convierta en aquello que no nos es lĂcito desear, aprobar o favorecer.
¿De quĂ© color es la piel de Dios? pregunta el canto. Es amarilla, es negra, es blanca: todos somos iguales a los ojos de Dios; luego, si todos somos igualmente hijos de Dios, todos somos hermanos y todos debemos sabernos descubrir como hermanos; todos somos viajeros de una misma nave y Ă©sta no gozarĂ¡ de paz mientras no lleguemos a descubrir la futilidad de pelearnos entre nosotros.
Las peleas y disensiones entre los hombres no son queridas por Dios; ya el apĂ³stol San Pablo les decĂa a los corintios:
“Temo que haya entre vosotros discordias, envidias, iras, rivalidades, detracciones, murmuraciones, insolencias, desĂ³rdenes?” (II Cor, 12, 20).
Todo esto deshace el racimo de los que debemos salvarnos.
No estarĂ¡ bien desconocer o subestimar los valores de la tierra o de la patria de cada uno, pero sĂ estarĂ¡ mal cerrarse de tal forma a todo lo demĂ¡s que se nos convierta en aquello que no nos es lĂcito desear, aprobar o favorecer.
¿De quĂ© color es la piel de Dios? pregunta el canto. Es amarilla, es negra, es blanca: todos somos iguales a los ojos de Dios; luego, si todos somos igualmente hijos de Dios, todos somos hermanos y todos debemos sabernos descubrir como hermanos; todos somos viajeros de una misma nave y Ă©sta no gozarĂ¡ de paz mientras no lleguemos a descubrir la futilidad de pelearnos entre nosotros.
Las peleas y disensiones entre los hombres no son queridas por Dios; ya el apĂ³stol San Pablo les decĂa a los corintios:
“Temo que haya entre vosotros discordias, envidias, iras, rivalidades, detracciones, murmuraciones, insolencias, desĂ³rdenes?” (II Cor, 12, 20).
Todo esto deshace el racimo de los que debemos salvarnos.

