Por mĂ¡s que no lo quieras, en tu vida no podrĂ¡s nunca prescindir del
dolor; el dolor es una realidad que no depende de nosotros; se nos hace
presente, queramos o no queramos; incluso se nos hace encontradizo
cuanto menos lo queremos.
Pero si no podemos evitar el dolor, estĂ¡ en nuestras manos el saberle dar un sentido u otro, el adoptar frente a Ă©l una u otra posiciĂ³n, muy distinta por cierto una de otra.
Si al sufrir te enojas y protestas, con ello nada bueno consigues; solamente aumentas el sufrimiento y haces daño a tu cuerpo en su parte nerviosa y a tu espĂritu en tus relaciones con Dios.
Si al sufrir aceptas el sufrimiento, le das un verdadero sentido, lo conviertes en algo positivo, eficiente, salvador y redentor de ti y de los demĂ¡s; con ello te estĂ¡s dignificando.
Si al sufrir llegas a amar al sufrimiento, serĂ¡ porque ya te ha acercado a Dios y has llegado a comprender que no es posible amar sin sufrir, ni sufrir sin amar.
“El sacrificio del justo es aceptado, su memorial no se olvidarĂ¡; con ojo generoso glorifica al Señor y no escatimes las primicias de tus manos” (Eccli, 35, 6-7).
El justo ha de convertir al mero dolor en auténtico sacrificio ofrecido al Señor con amor y por amor.
Pero si no podemos evitar el dolor, estĂ¡ en nuestras manos el saberle dar un sentido u otro, el adoptar frente a Ă©l una u otra posiciĂ³n, muy distinta por cierto una de otra.
Si al sufrir te enojas y protestas, con ello nada bueno consigues; solamente aumentas el sufrimiento y haces daño a tu cuerpo en su parte nerviosa y a tu espĂritu en tus relaciones con Dios.
Si al sufrir aceptas el sufrimiento, le das un verdadero sentido, lo conviertes en algo positivo, eficiente, salvador y redentor de ti y de los demĂ¡s; con ello te estĂ¡s dignificando.
Si al sufrir llegas a amar al sufrimiento, serĂ¡ porque ya te ha acercado a Dios y has llegado a comprender que no es posible amar sin sufrir, ni sufrir sin amar.
“El sacrificio del justo es aceptado, su memorial no se olvidarĂ¡; con ojo generoso glorifica al Señor y no escatimes las primicias de tus manos” (Eccli, 35, 6-7).
El justo ha de convertir al mero dolor en auténtico sacrificio ofrecido al Señor con amor y por amor.

