De ahĂ la necesidad, que nos urge, de ser mutuamente comprensivos, de sabernos comprender, de disimularnos las molestias, de perdonarnos, de olvidar agravios, de no ser excesivamente susceptibles.
El que perdona es digno de ser perdonado.
Con la medida con que midiereis, seréis medidos.
El que comprende con facilidad serĂ¡ fĂ¡cilmente comprendido; el que es bueno con todos, conseguirĂ¡ que todos sean buenos con Ă©l; el que ama, serĂ¡ amado; no se extrañe, el que no ama a nadie, que nadie lo ame a Ă©l; no se extrañe y no se queje; no se queje y no eche la culpa a otros, pues es Ă©l el culpable, el causante de la frialdad que nota a su alrededor.
CondiciĂ³n indispensable para que nosotros podamos rezar el Padre nuestro, es que perdonemos las ofensas que recibimos, a fin de ser perdonados de las ofensas que inferimos; que perdonemos a los hombres, para que nos perdone Dios.
“Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allĂ delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas una ofrenda” (Mt, 5, 23-24).
