¿Cómo leer la Biblia?

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No se podría abordar la Biblia sin preparación, buenos guías y un mínimo de cultura histórica. Desde Ernesto Renán, la crítica histórica realizó progresos considerables los cuales hacen que la lectura de eso que antiguamente se llamaba fclos textos sagrados” resulte sumamente aleatoria para el principiante, en la medida en que las incesantes correcciones, rectificaciones, profundizaciones y variaciones de sentido minan el terreno bajo sus pasos.

 La mayoría de los especialistas religiosos consideran actualmente a la Biblia como una obra “inspirada”, calificativo que se podría aplicar a cualquier poema de valor excepcional.

 Es un libro entre muchos otros, que contiene un pensamiento religioso original y una enseñanza espiritual y moral muy preciosa. Pero no se cree ya, como en otros tiempos, que fue escrita “bajo el dictado” de Dios. El sentido literal fue abandonado a algunos judíos ortodoxos, en beneficio de un enfoque más amplio en el que caben diversas lecturas (simbólica, alegórica, sociológica, psi coanal í tica, estructuralista, etc.) las cuales implican todo un análisis crítico”.

Sin embargo, para Ernesto Renán, “la esencia de la crítica histórica es la negación de lo sobrenatural”, y la negación a priori no es una actitud científica. Por otra parte, la crítica histórica no data de Renán, sino de Spinoza. Por último, si la Biblia es un libro como los otros, no se ve por qué se persiste en encender velas para leerla, y en rodear a este acto de un ceremonial desconocido en las bibliotecas.

Yo no podría decir cómo “se debe” leer la Biblia, pero puedo decir cómo la leo yo, por mi parte.

Que la Biblia sea un libro “inspirado” o “dictado”, a mis ojos es la misma cosa, al ser la misma cosa el origen de la inspiración o del dictado. Ahora bien, desde mi conversión, tengo la convicción de que no existe diferencia alguna entre lo que Dios es y lo que dice. El está en su palabra.

Las Escrituras son, por lo tanto, una primera versión de la Eucaristía. Vean la actitud de los judíos ortodoxos ante el Libro: se inclinan sobre él hasta tocarlo con la frente, absorben el versículo y echan la cabeza hacia atrás cotno para tragarlo, semejantes a pájaros que picotean el grano.

Las Escrituras son un alimento, son algo que se come más que algo que se lee. Lo que hay que buscar en las palabras, las cuales constituyen el caparazón de lo divino, es una forma de la presencia de Dios, tan misteriosa como en la hostia. Si no temiera perturbar, llegaría hasta a decir que la Biblia es el único libro en el cual las palabras no tienen ninguna importancia: son ventanas abiertas sobre la luz, su forma importa poco.

Si se me dice que los textos sin duda alguna cambiaron en el curso de las edades antiguas, y que la crítica revisó más de uno de ellos, yo respondería tranquilamente que eso carece prácticamente de interés, salvo para los especialistas, los investigadores, los curiosos o, como decía León Bloy, los “expulgadores de coccinélidos”.

Yo tomo la Biblia tal como las Iglesias me la dan, con o sin retoques o arreglos hechos por los exégetas: Dios es capaz de enseñar sin palabras, o con cualquier clase de palabras. Es su presencia y el sonido de su palabra lo que busco, cíe acuerdo a esa expresión de Cristo que dice: “mis ovejas reconocen mi voz” y no “mis ovejas reconocen mi pensamiento”. La Biblia es para mí el instrumento de esa música.

Pero, repito, ésa es mi manera de leer la Biblia. No digo que sea la mejor, y otras personas tienen absoluto derecho a preferir otros métodos más sabios. Sin embargo, temo que éstos, revolviendo constantemente los textos, terminen por perturbar las ondas y hacer inaudible esa voz que no se asemeja a ninguna otra.

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