Un minuto con Dios

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La gratitud es propia de las almas bien nacidas. Por eso es justo que demos las gracias a Dios de todo lo que nos está dando a diario con manos largas y gene­rosas.

El sol que acaricia nuestras mejillas, el agua que refresca nuestros cuerpos, el calor que vivifica, el trino del zorzal en la enramada, la espiga del trigo candeal que se balancea por el céfiro de la tarde…
Todo eso es don y regalo del buen Dios.

Las risas de los niños, el aroma de las flores, el pla­cer de la amistad, el afecto del hogar, el amor de los esposos, el consuelo de la fe. .. todo eso es don y regalo del buen Dios.

Los minutos que transcurren, los días que se deslizan, los años que se nos pasan, la salud y las fuerzas, el trabajo y los descansos… todo eso es don de Dios.

Motivos más que suficientes para serle agradecidos.

“Sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruios y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones” (Col, 3, 15-16).

Si comenzamos a enumerar los motivos que tenemos para estar agradecidos a Dios, no terminaríamos más; y eso que solamente somos cons­cientes de una mínima parte de los beneficios que reci­bimos del Señor; de la mayoría de ellos ni siquiera nos damos cuenta.

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