¿Morir sin dolor? ¿Morir con una enfermedad corta? ¿Morir rodeado de los tuyos?
Morir bien es, sobre todo, morir con la conciencia tranquila, sin angustias espirituales, que son mucho mĂ¡s torturantes que los dolores del cuerpo.
Morir bien, es morir en paz con Dios y con los demĂ¡s; es morir de tal forma, que todos sientan tu muerte y nadie tenga motivo para alegrarse de ella.
Por eso me atrevo a afirmarte que lo principal no es morir bien, sino vivir bien; porque debe ser cosa muy triste llegar al fin de la vida, arrastrando tras de sĂ una secuela de odios, de amarguras producidas a los que nos han rodeado, de injusticias con todos, de egoĂsmos y cosas parecidas; en cambio, llegar a la hora de la muerte, con la conciencia de haber cumplido con nuestro deber durante la vida, con la seguridad de haber vivido bien, es lo que convierte el momento de la muerte en un pasar de la vida con minĂºscula a la Vida con mayĂºscula, de los brazos de los hombres a los brazos de Dios; y esto nunca puede ser desagradable, ni doloroso.
“Mucho vale a los ojos de YahvĂ©h la muerte de los que le aman”, preciosa es a los ojos de YahvĂ©h la muerte de los que le aman. (Salmo 116, 15).
“Si el EspĂritu de Aquel que resucitĂ³ a JesĂºs de entre los muertos habita en vosotros… darĂ¡ tambiĂ©n la vida a vuestros cuerpos mortales”.

