La mejor voz de mando es el ejemplo; el mejor argumento y la mĂ¡s convincente razĂ³n que robustece tus palabras, es el ejemplo de tu vida.
QuizĂ¡ notes que no siempre convences con tus palabras; serĂ¡ porque no siempre tus obras son acordes con tus palabras y entonces el ejemplo de tu vida deshace la fuerza de tus palabras.
Tus hijos, tus dependientes, tus amigos, las personas con las que de una u otra forma tienes relaciones, o en las que ejerces alguna influencia, estĂ¡n esperando tus palabras; pero Ă©stas serĂ¡n ineficaces, si no van precedidas del ejemplo de tu vida.
Palabra y testimonio, razones y ejemplos; las palabras convencen, los ejemplos arrastran.
Piensa, pues, si te ha faltado el arrastre; tĂº lo atribuĂste o a dureza del corazĂ³n de los que te escuchaban, o a falta de preparaciĂ³n intelectual tuya, cuando en realidad no se debiĂ³ a ninguna de esas dos causas, sino a la ausencia de tus ejemplos, a la incoherencia de tu vida.
Juan dio testimonio de lo que vio y oyĂ³ y su testimonio fue verdadero:
“Este es el discĂpulo que da testimonio de esto y que lo ha escrito y nosotros sabemos que es vĂ¡lido su testimonio” (Jn, 21, 24).
Cuantos nos rodean deben ver que nosotros somos testimonio de Cristo y deben convencerse, sin dificultad, de que nuestro testimonio es verdadero; pero no lo serĂ¡ si primero en nuestro interior no hemos llegado a poseer un espĂritu verdaderamente conforme al EspĂritu de Cristo.
QuizĂ¡ notes que no siempre convences con tus palabras; serĂ¡ porque no siempre tus obras son acordes con tus palabras y entonces el ejemplo de tu vida deshace la fuerza de tus palabras.
Tus hijos, tus dependientes, tus amigos, las personas con las que de una u otra forma tienes relaciones, o en las que ejerces alguna influencia, estĂ¡n esperando tus palabras; pero Ă©stas serĂ¡n ineficaces, si no van precedidas del ejemplo de tu vida.
Palabra y testimonio, razones y ejemplos; las palabras convencen, los ejemplos arrastran.
Piensa, pues, si te ha faltado el arrastre; tĂº lo atribuĂste o a dureza del corazĂ³n de los que te escuchaban, o a falta de preparaciĂ³n intelectual tuya, cuando en realidad no se debiĂ³ a ninguna de esas dos causas, sino a la ausencia de tus ejemplos, a la incoherencia de tu vida.
Juan dio testimonio de lo que vio y oyĂ³ y su testimonio fue verdadero:
“Este es el discĂpulo que da testimonio de esto y que lo ha escrito y nosotros sabemos que es vĂ¡lido su testimonio” (Jn, 21, 24).
Cuantos nos rodean deben ver que nosotros somos testimonio de Cristo y deben convencerse, sin dificultad, de que nuestro testimonio es verdadero; pero no lo serĂ¡ si primero en nuestro interior no hemos llegado a poseer un espĂritu verdaderamente conforme al EspĂritu de Cristo.

