Porque, al tener razĂ³n, se abroquela en ella de tal forma, que no admite ciertos derechos que tienen los demĂ¡s: derecho a pensar, como ellos creen que deben pensar; derecho a defender lo que ellos juzgan como justo y verdadero; derecho a disentir de Ă©l; derecho a ver la verdad desde su punto de vista; en una palabra: derecho a pensar que ellos tambiĂ©n tienen razĂ³n.
Y asĂ es como surgen las riñas y discusiones acaloradas; examĂnate con detenciĂ³n y verĂ¡s que la mayorĂa de las veces que has discutido de tal forma, que la discusiĂ³n ha llegado a turbarte, ha sido porque pensabas que tĂº tenĂas razĂ³n; pero no has sabido usar rectamente de tu razĂ³n y en esto ya no tenĂas razĂ³n.
Pues, si haces bien en defender tu razĂ³n, no haces bien en defenderla de esa forma violenta, acre, incisiva, nada caritativa; y no es la razĂ³n la que debe mandar en tu vida, sino el amor; el amor, que ama con razĂ³n y sin ella.
Tres veces seguidas le pidiĂ³ JesĂºs a Pedro, que le dijera si lo amaba y entonces Pedro “se entristeciĂ³ de que le preguntara por tercera vez: ¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tĂº lo sabes todo; tĂº sabes que te quiero” (Jn, 21, 17).
No tres, sino infinitas veces debes repetirle al Señor que lo amas.
