Haz que las aguas del rĂo de tu vida vayan siempre limpias y deja parte de ellas por donde pases; verĂ¡s que se te llena de color, de verdor; y que, fruto de tus pasos, brotarĂ¡n las flores de las virtudes, el cĂ©sped de la bondad.
Tus palabras, las palabras que hoy pronuncies, pueden ser agua sucia o corriente lĂmpida; y lo que te digo de tus palabras, debes aplicarlo a tus ideas o pensamientos; de tus afectos, de tus obras; que al fin del dĂa no te sientas avergonzado, sino feliz.
“¿QuiĂ©n puede decir: PurifiquĂ© mi corazĂ³n, estoy limpio de mi pecado?” (Prov, 20, 9).
“Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no estĂ¡ en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia”. (I Jn, 1, 8-9).

