Ese niño que juega con su autito de plĂ¡stico; ese enfermo postrado en cama hace mucho o poco tiempo; ese pobre que golpea la puerta en demanda de ayuda; ese pobre obrero que trabaja de sol a sol para llevar el pan a sus hijos; ese empleado supernumerario dejado cesante en su trabajo.
En todos Ă©sos y en muchos mĂ¡s estĂ¡ Dios, y en ellos debemos ver a Dios; si creemos que en ellos estĂ¡ Dios, en ellos veremos a Dios; y si en ellos vemos a Dios, los trataremos de muy distinta manera.
Lo difĂcil no es tanto creer en Dios, cuanto vivir de tal forma que podamos ver a Dios; porque Dios no se hace ver sino de aquellos que poseen humildad de corazĂ³n.
“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podĂ¡is… conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento para que os vayĂ¡is llenando hasta la total plenitud de Dios” (Ef, 3, 17-19).
El conocimiento bĂblico estĂ¡ impregnado de amor y no es un mero conocimiento conceptual o platĂ³nico; es un conocimiento de vida, que supone vida y lleva a la Vida.
Por eso el cristiano conoce a Dios, porque lo ama, y lo ama porque lo conoce.
